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jueves, 7 de julio de 2016

LA INFORMACIÓN CONTRA EL PUEBLO Y EL PAÍS


El acoso y la coacción están a las puertas de los medios con la carota del castrofascismo dispuesta al chantaje y a robarse también esta fuerza única para incorporarla a su ejército de sumisión. Aquí el silencio sólo se lo puede calar el castrocomunismo... La información limita e impide las catástrofes. Tenemos la obligación de “hacer algo”. Puede uno quemarse cuando mete el dedo en la manteca, pero quedará el dedo iluminado, como ET queriendo volver a casa. Y esta es una casa que turba la realidad de los políticos, que no hace gala de la impotencia y que no puede cargar con un sentimiento de culpabilidad que mejor le cuadra a los perpetradores de horrores.


LA INFORMACIÓN CONTRA EL PUEBLO Y EL PAÍS 
-Alberto Rodríguez Barrera-

“Se dice que el legislador debería tener su ojo dirigido a dos puntos: el pueblo y el país. 
Pero los países vecinos tampoco deben ser olvidados por él, primero porque el Estado 
para el cual legisla debe tener una vida política y no una vida aislada.” Aristóteles

     Cuando son demasiadas las tensiones sociales, las rebeliones y las exigencias se diversifican. La masa de ciudadanos se agrupa en categorías varias, más libres o liberales, y dan carácter masivo a las manifestaciones, haciendo la diferencia con el extremismo. Ninguna división de clases sociales del pasado es lo suficientemente precisa para dar cuenta de estas nuevas clases políticas, que además son clases morales, clases intelectuales, clases sexuales, clases estéticas, etc., fundadas sobre el rechazo de un tipo de vida por incapaz de seducir; como “comunidad”, cada una tiene sus costumbres. Y la imagen de círculos yuxtapuestos es más exacta que las capas sociales estratificadas; y tienen interconexiones, círculos, intereses culturales comunes; cultural en el sentido de “lo que concierne a la forma de civilización”, y que hoy cuenta con un acelerador que renueva la dinámica interna de los conflictos.

     La tecnología en el incremento de los medios de comunicación ya no constituye “la violación de las multitudes”, como se llamó al uso de la radio cuando Hitler, cosa que contribuyó a definir también al medio audiovisual. Pasó así la repetición ingenua -repetida hasta la saciedad- de aplicar ideas preconcebidas entre propaganda política y publicidad comercial; dos actos que nada tienen en común en cuanto a motivaciones psíquicas ni en modificaciones de comportamiento: el dentífrico que se compra no otorga poder. Trabajos sociológicos hay que concluyen que el machacar publicitario desempeña un papel ínfimo en la orientación de las corrientes políticas, siempre y cuando exista la comparación informativa.

   La cerrada campana totalitaria del castrofascismo aspira a que ninguna opinión que no sea la del castrocomunismo pueda expresarse por los medios; de aquí la inmadurez descabellada que quiere aplicársenos... En tales condiciones algunos estarán a merced de los manipuladores, aunque no por razones debidas a los medios como tales, ya que el condicionamiento es “eliminación del material de la contradicción”. La experiencia demuestra que en un monismo informativo de esta naturaleza, la convicción colectiva es frágil: si el gobierno manipula la información porque es el único que está a cargo de ella, cualquier contrapropaganda demuele en un día lo que construyó en años. La propaganda unilateral fortalece las opiniones existentes, no provocan cambios, arrastra la adhesión de los indecisos. 

   Una campaña política sopesa argumentos y hombres; no físico ni carteles; es controversia y aceptación de la controversia; no es la abundancia sino el contenido; no hay que temer a quienes abusan, como evidentemente es el caso con el castrofascismo; la multitud de mensajes de escasez y mediocridad hace juguetes modificables. Más vale no sustraerse al asalto de los periodistas y los esclarecimientos que abruman, que deben solicitarse y darse. Quien condiciona la opinión empleando medios para impresionar a la pobre gente, deja ver que “compra” el espacio y no ve que el argumento se pone en su contra. 

   Quien compra medios para la divulgación monopólica de contenidos sectarios, se está poniendo un disfraz descalificador que debe confrontarse hasta el punto de invalidar el “sin comentarios” o la devaluación de agresión confusionista que descalifica la labor periodística, táctica ésta que el castrofascismo utiliza reiteradamente para obviar las respuestas e intentar “achicopalar” al periodista acusándolo de servil de los dueños de medios, entre otros insultos.

   Contradictoriamente, el servilismo se expone con más certeza en quienes se ven obligados a seguir sólo “la voz del amo”. A Venezuela le toca en el presente definir más reciamente si hemos de formar parte de los países informados o de los desinformados, fracturando las restricciones de “verdad única” que anhela el castrofascismo, frenando su cuasiomnipotencia. Esta fuente de energía es integral o no es nada. Recetar el suicidio no cura la gripe; sólo la información puede educar y moralizar a la información; y en ésta la libertad es la abundancia, porque la fuerza está en la diversidad. 

   La marabunta de medios monopolizados por el castrocomunismo exaltan el insulto y la mediocridad propia, edulcorando los hechos, escondiendo las llagas, las atrocidades, el deterioro, la corrupción, el atascamiento en que se encuentra la vida nacional; no se va a fondo con los escándalos oficialistas ni en el retrato social, político o de cualquier índole; pero los intentos de adoctrinamiento y el abuso propagandístico se resquebraja y pierde eficiencia por su descaro manipulador, ajenos a los intereses y pasiones de la colectividad. 

   El periodismo venezolano, eternamente en jaque entre la verdad y la mentira, encuentra hoy mayor reciedumbre en la idea de que ni el gobierno ni los grupos de presión o interés ni las asociaciones ni las empresas industriales ni las Fuerzas Armadas y, en síntesis, nadie es depositario de una misión sobrenatural que lo habilite para rehusar dar explicaciones o tronchar informaciones, menos aun si se considera que su actividad es nociva para el interés general o para tal o cual sector de la ciudadanía. El acoso y la coacción están a las puertas de los medios con la carota del castrofascismo dispuesta al chantaje y a robarse también esta fuerza única para incorporarla a su ejército de sumisión. Aquí el silencio sólo se lo puede calar el castrocomunismo.

   Dos tipos de información separa dos tipos de civilización, y la de la libertad es la que tiene futuro. Al castrofascismo no le queda otra salida que hundirse en su corriente de errores, que no pueden ser conocidos más tarde, cuando sean irreparables. El “culillo” que sea para el “castigador”. Reservémonos las bolas y los ovarios. La información limita e impide las catástrofes. Tenemos la obligación de “hacer algo”. Puede uno quemarse cuando mete el dedo en la manteca, pero quedará el dedo iluminado, como ET queriendo volver a casa. Y esta es una casa que turba la realidad de los políticos, que no hace gala de la impotencia y que no puede cargar con un sentimiento de culpabilidad que mejor le cuadra a los perpetradores de horrores. 


lunes, 4 de julio de 2016

LAS TROMPETAS PARA EL JUICIO FINAL


Hay que estar desprovisto del sexto sentido que es el humor para tomar en serio el disfraz mediático del castrofascismo, semejante al pedazo de carne que lleva el ladrón para distraer al perro guardián del espíritu. La evaluación de algún “filósofo” que fundamente razonamientos con la exactitud de criterios históricos o científicos es juzgada con el mayor de los desprecios, como si proviniera de un positivismo ridículo. Aquí el castrocomunismo ha creado también el monopolio de las estupideces.


LAS TROMPETAS PARA EL JUICIO FINAL
-Alberto Rodríguez Barrera-


“La negligencia en este tema, que es tan común en los Estados existentes, 
es una causa de pobreza que nunca falla entre los ciudadanos; 
y la pobreza es la madre de la revolución y el crimen.” 
Artistóteles



     Como hemos podido constatar, la educación del castrofascismo tiende a justificar los crímenes contra la humanidad en nombre del sagrado egoísmo de la “patria”, pero las reacciones contra la normalización de lo atroz son rarísimas, y siempre han sido marginales, nunca han ejercido influencia sobre la dirección política o la opresión global. Los medios voltean la torta, provocan la toma de consciencia, seriamente, y lo hacen con valor. Porque la cotorra sobre la “soberanía intocable” no excusa los delitos, vengan de donde vinieren.

     Las acusatorias del castrofascismo para arrinconar la información son generalmente puras y simples pamplinas. La eficacia de la información está también en retratar lo penoso, lo acusatorio y lo humillante, a pesar de las crisis que provoca y el odio que despierta en los “revolucionarios”, pero es a la vez apoyada por la consciencia colectiva contra quienes combaten esa libertad. La verdad de la información ya nada tiene de platónica y es realmente un ímpetu revolucionario irreversible. Aunque a veces se desconfíe, se sabe y siente que sin la información las llagas de Venezuela se transformarían en cataclismos; y su instinto de conservación puede más que su instinto conservador. Los intentos del castrofascismo por ‘limitar” los “abusos” hacen caso omiso de que la información, por esencia, es imprevisible, y por lo tanto ilimitable; sólo una más amplia información puede corregir los abusos de los informantes. Si nadie sabe qué es exactamente “objetividad”, que la hipocresía filosofe sobre ella, porque el que sabe qué es, sabe qué es su contrafigura, y eso basta. 

   El espectáculo de la insurrección incita a la insurrección, pero el castrocomunismo quiere un espectáculo sin contestación, en silencio. Como enemigos de la información sospechan de la exposición de las crisis y las miserias, porque la información es la crisis, para ellos; les aterroriza lo que quema y calcina, como si lo que “daña” y “desagrada” no existiera; y pretenden eliminar el hecho de que las “malas” noticias superan en “interés” a las “buenas”, porque la información asume, congénitamente, una función perturbadora; y no queda otra opción entre esta perturbación permanente y la censura.

Es una realidad que la buena información está formada por malas noticias; la verdad no se decreta. Sólo la información sin freno, que adquirió eficacia política con la era de los medios masivos, es el elemento apto para catalizar la síntesis de “revolución social” y las libertades democráticas. Lo que sea que se quiera decir o contradecir es posible y superior por la libertad que se permita. Desde el principio de los medios masivos, los sociólogos se esforzaron por comprender a los medios electrónicos y vieron el motor de una revolución, destinado a modelar un nuevo tipo de hombre, de perspectivas educativas, de relaciones sociales, de psiquismo. Las multitudes solitarias ya no estarían tan solitarias adivinándole los secretos o los follones a Stalin. Es la ineptitud corrosiva la que invita a exclamar “¡Fuego!”.

     Es imposible hablar de la civilización de la prensa cuando se cuenta con sólo un periódico como “Granma” (Cuba). No hay duda de que lo que hay, especialmente en la televisión, podría ser mejor, más “educativa’, por ejemplo; pero para eso estamos, como no estaríamos donde sólo hay un pozo sin agua. Cuando el castrofascismo chilla –cual virgen descubierta desnuda- con chirridos de indignación ante los pocos medios que no están en sumisión, aplaude y promueve la purulencia de la marabunta de medios oficialistas que se deshacen en injustas e insultantes cóleras de violencia, espantos y excomuniones desproporcionadas que dejan a Hitler y Goebbles como niños de pecho, o principiantes de la vulgaridad frenética, eternizando las trompetas de múltiples Juicios Finales.

     Hay que estar desprovisto del sexto sentido que es el humor para tomar en serio el disfraz mediático del castrofascismo, semejante al pedazo de carne que lleva el ladrón para distraer al perro guardián del espíritu. La evaluación de algún “filósofo” que fundamente razonamientos con la exactitud de criterios históricos o científicos es juzgada con el mayor de los desprecios, como si proviniera de un positivismo ridículo. Aquí el castrocomunismo ha creado también el monopolio de las estupideces.

   La revolución por la información es a la vez una revolución política y una revolución intelectual. Cuestiona el poder y, a la vez, la cultura. Apunta a la distinción entre dirigentes y dirigidos, entre intelligentzia y masa. No podemos pretendernos revolucionarios si reclamamos la abolición de la primera y el contenimiento de la segunda. Pero, sobretodo, los medios han revelado ser no sólo un medio de difusión sino un medio de acción sobre el acontecimiento ya no a través de la propaganda sino de la información misma; así quedó demostrado en Francia en mayo de 1968: durante semanas los medios de información formaron parte del propio “mayo francés” y lo modificaban. En norteamérica los medios son reuniones de la “comunidad” para conocerse íntimamente. Aquí no pueden llegar a ser la vergüenza que el castrofascismo ha creado en su aparataje desquiciado.

La línea política coherente para los medios de comunicación –dentro de la insólita presión del castrofascismo- es estar mejor “informados” y “en reflexión constante” con buen material –concepción clásica de la información-, convirtiendo al espectador en actor, haciendo de él algo más que el producto de su experiencia personal, incorporándolo al hecho. A esta función activa le teme el castrocomunismo; prefieren la monopolización, la verdad única, la sumisión. Así los comunicadores no sirven para nada y, al igual que con las campanas, lo mejor es que suenen las trompetas que el castrofascismo quiere en silencio.