miércoles, 17 de febrero de 2016

PLANIFICACIÓN, LA PRIORIDAD DEMOCRÁTICA


                                                  



       En marzo de 1963  se presentó el Plan de la Nación 1963-1966, ahora sobre bases más ciertas y seguras al primero que fue presentado a la consideración del Congreso y del país. Para el Gobierno de Coalición, planificar era la palabra inevadible en el orden de la gestión estatal. Y esto era lo que se hacía por vía de la Oficina de Coordinación y Planificacíon conjuntamente con los ministerios y los institutos autónomos. No se concebía una labor administrativa responsable sin articulación y coordinación, proyectada en el tiempo.

                            





PLANIFICACIÓN, LA PRIORIDAD DEMOCRÁTICA
- ALBERTO RODRÍGUEZ BARRERA - 
13/12/2014


       Eran incompatibles con la idea de un Estado moderno la gestión autárquica de las distintas dependencias sin vertebrarlas dentro de una orientación que diese a todas coherencia y meta, y la estimación sólo por lapsos de doce meses y no de varios años de los objetivos a cumplir y los fines a alcanzar. Ya la planificación no era patrimonio exclusivo de los estados totalitarios, que fueron los primeros en utilizar ese instrumento de las nuevas técnicas administrativas, pero sin dejar margen alguno a la iniciativa privada y al ejercicio crítico de las gentes con vida en libertad. 

                                                 



      Pero la planificación se hizo herramienta clave para todos los Estados modernos, y en aquellos cuya filosofía y conducta son democráticas se logró conciliar el necesario ordenamiento de la inversión fiscal, la orientación de la economía y el mejoramiento social, con respeto a la libertad. Era lo que Venezuela y nuestra democracia naciente necesitaban y requerían. Además, el Plan planteado para el cuatrienio 1963-66 respondía también al cumplimiento de un compromiso internacional, adquirido por Venezuela en la reunión de Punta del Este, en que se le dio carácter de acuerdo interamericano al Programa de Alianza para el Progreso. Ya varios países de América Latina –Venezuela entre ellos- había elaborado y presentado su respectivo Plan de la Nación.

                                 

      Antes de esbozar los lineamientos fundamentales y las característica y objetivos del Plan, el Presidente Betancourt cumplió con el deber de señalar que no se trataba de un legado imperativo que su gobierno le dejaría al próximo, sino de un empeño honrado y venezolano para desbrozarle el camino al próximo Presidente, “para que lo transite en bien de la nación con menos dificultades que las que tuve yo cuando me juramenté como Presidente de la República el 13 de febrero de 1959. Pero el próximo Presidente y sus colaboradores estarán en completa libertad para modificar o alterar este plan, que se les entregará con muchos proyectos ya elaborados o elaborándose para ser puestos en inmediata ejecución y con el señalamiento de las fuentes de financiamiento interno y externo en que habrá de apelarse para ejecutarlos”.


     Los aspectos esenciales del Plan de la Nación comenzaban por asegurar y acelerar para el cuatrienio 1963-66 –como objetivo fundamental- el dinamismo que venía logrando la economía venezolana. Para ello se hacía preciso el fortalecimiento y la diversificación de la fase productiva. Ante todo, se aspiraba realizar un avance definitivo hacia la solución del problema del empleo. Además, en el campo social se aspiraba, además del impacto importante de la disminución de la desocupación, a lograr un mejoramiento sustancial en la situación de la vivienda y en la distribución del ingreso, así como la consolidación de los avances logrados en la educación y la salud públicas. El Plan preveía un incremento del producto territorial de 28.438 millones de bolívares en 1962 a 38.757 millones en 1966, o sea a una tasa anual de 8,0% durante el cuatrienio, correspondiendo esto con un incremento anual de 4,9% del producto per capita.



      Serían especialmente la manufactura, con una tasa de incremento anual del 13,5%, la construcción, con 14,0%, y el sector de electricidad, gas y agua, con 18,0%, los que marcarían el paso en el progreso. Seguían la minería con 10,0% y la agricultura con 8,0%. El ritmo de incremento en este último sector dependería, por una parte, de los programas de riego y demás mejoramientos de la producción y, por la otra, del incremento previsto de la demanda interna de productos agrícolas, junto con una continuada sustitución de las importaciones por producción interna y una modesta pero creciente exportación. El Plan preveía un incremento anual del 4,0% de la producción petrolera, supuesto conservador si se lo comparaba con las tasas promedias del 7,3% y 5,0% observadas durante los períodos 1950-58 y 1958-62, respectivamente. Los sectores de servicios –transporte y comunicaciones, comercio, vivienda, otros servicios privados y gobierno- crecerían, con pequeñas diferencias entre sí, a un ritmo promedio de 6,5% anualmente.

                                               

      La participación en el incremeo total del producto sería del 7% para la agricultura, 12% para el petróleo y la minería, 44% para las industrias (las que comprendían la manufactura, la construcción y la generación de energía eléctrica) y 37% para los servicios, comparados con 6%, 24%, 27% y 43%, respectivamente, para el período de 1950 a 1962. Se notaba en esas cifras el fuerte crecimiento de la participación relativa de las industrias, a expensas del petróleo y la minería y de los servicios, lo que era indicativo de un cambio de rumbo hacia el desarrollo más sano y equilibrado.

                            

      Como consecuencia de las diferencias entre las tasas de incremento de los distintos sectores, se efectuarían cambios significativos en las contribuciones relativas a la generación del producto territorial bruto: las industrias incrementarían su contribución de 23,0% sobre el total de 1962 a 28,7% en 1966, con lo cual se sobrepasaría por primera vez al petróleo y la minería; la agricultura se mantendría a un nivel constante de 7,1%.

                                 

       El progreso previsto, seguía informando el Presidente Betancourt, dependería no solamente del incremento de la capacidad productiva, sino también de un crecimiento adecuado de la demanda. Para alcanzar ese objetivo, la política del gobierno sería orientada hacia una mejor distribución del ingreso. Esto contribuiría a mejorar sustancialmente las condiciones de vida de grandes sectores de la población de bajos ingresos, poniendo a su alcance la compra de muchos productos manufacturados que hasta entonces eran inalcanzables. Esto, a su vez, junto con el incremento del ingreso per cápita a que se hizo referencia, fortalecería en forma apreciable el poder de compra orientado hacia la demanda. En el mismo sentido se orientaría la campaña intensa que se había proyectado para mejorar la eficiencia de la producción y de la distribución en todas sus ramas, con lo que se aspiraba a obtener una baja de los costos de la producción y por consiguiente de los precios de venta. En tercer lugar contribuiría el continuado esfuerzo de sustitución de importaciones por producción interna, tanto de productos agrícolas como manufacturados, así como una creciente exportación de un número cada vez mayor de renglones. También en el campo social se realizarían mejoramientos valiosos: créditos y construcción en materia de viviendas, el programa de la educación, el programa de aceleración de adiestramiento de mano de obra especializada y los programas en el campo de la salud pública y del desarrollo de la comunidad. 

                                

      Rómulo dio especial énfasis “al problema más serio” de la economía venezolana, como era “el problema de proporcionar una suficiente oportunidad de ocupación remunerativa para la creciente fuerza de trabajo”. El Gobierno de Coalición reconocía que la vigilancia en este campo era su responsabilidad, “aún más que el de estimular la producción y guiarla en la dirección deseada”. El gobierno estaba consciente de que en el caso especial de nuestro país este problema nunca podrá solucionarse en forma satisfactoria mediante una mera aceleración de la producción. Dijo Rómulo: “Esto se debe, obviamente, al ritmo espectacular con que se incrementa en Venezuela el producto por persona ocupada, resultado éste de las mejoras continuas en los métodos de la producción en todos los sectores y de la gradual traslación del enfoque hacia las actividades de mayor rendimiento, que si bien es beneficioso desde un punto de vista, dificulta en alto grado la solución del gravísimo problema del desempleo”.

                             

      La preocupación con este problema, obviamente, no era tratar de solucionar el problema frenando el ritmo de mejoramiento de la productividad del trabajo, ya que ello perjudicaría el mejoramiento del nivel de vida de la población. Otra dificultad derivaba del hecho de que mientras una aceleración de la producción en sí no puede solucionar el problema, tampoco puede ello solucionarse en forma definitiva sin que antes se haya alcanzado una base firme y equilibrada para la producción. Dijo Rómulo: “Sin embargo, ahora que el proceso de reajuste en sus grandes líneas se ha terminado, es justificado dar al problema de la ocupación toda la atención que merece. Con este motivo, se han incluido en el Plan dos programas de gran envergadura que tienen como propósito específico contribuir en la medida de lo posible a la solución. Me refiero al programa de la construcción de viviendas en gran escala para las familias de bajos ingresos, y el programa de adiestramiento acelerado de mano de obra especializada…Un análisis cuidadoso enseña que, con estos dos programas, junto con la ocupación adicional que resultará, por así decirlo, espontáneamente de los incrementos proyectados de la producción en los distintos sectores, se producirá una mejora notable con la situación actual, aunque no se podrá solucionar el problema por completo en el breve lapso del cuatrienio del plan”.

                              

       El Plan de la Nación presentado ante el Congreso Nacional y el país fue expuesto para el estudio cuidadoso de expertos internacionales en las diversas áreas, quienes se reunieron con representantes venezolanos, empresarios y trabajadores, a fin de oír sus observaciones. Rómulo afirmó: “El resultado de este intercambio de opiniones permitirá contar con un instrumento orgánico para orientar el desarrollo económico-social de Venezuela y que, como lo he repetido insistentemente, no será ‘camisa de fuerza’ para el gobierno que me suceda, sino guía útil susceptible de modificaciones”.


DESOBEDIENCIA CIVIL Y ARMAS DE ACCIÓN DIRECTA

APUNTES SOBRE DESOBEDIENCIA CIVIL

Y ARMAS DE ACCIÓN DIRECTA

-Alberto Rodríguez Barrera-

             Desobediencia Civil fue una estrategia adoptada por el Congreso Nacional Hindú a instancias de su líder, Mahatna Ghandi, en abril de 1930, para atacar el mando imperial británico a través de ceremoniales masivos de acciones ilegales. Fue un elemento esencial para fracturar las maquinarias policiales y judiciales del Estado por medio de una sobrecarga de sus procedimientos hasta el punto de que ya no puedan aplicar, y perdiesen, credibilidad.

      No violenta en su intención, la desobediencia civil requiere de poderes anormales de auto-disciplina de parte de aquellos que la adoptan y de una restricción moral en el uso de la fuerza por parte de aquellos contra quienes va dirigida; su uso ha sido proclamado como medio de resistencia contra la agresión externa por aquellos que sienten que la disuasión nuclear es inmoral, y aquellos que luchan contra el secuestro de la democracia.

       El Partido del Congreso ha sido el partido dominante de India, descendiente lineal del Congreso Nacional Hindú, fundado en Bombay en 1885 por el inglés Allan Octavian Hume para presionar por un gobierno representativo en India y –hasta su alienación de la mayoría de musulmanes hindúes- encarnación profesamente inter-religiosa del movimiento nacionalista hindú. Fue reorganizado por Ghandi durante las campañas de desobediencia civil en las décadas de los 1920 y 1930, y transformado en el Partido del Congreso después de la Independencia de India (1947), cuando varios grupos regionales y el Partido Socialista Hindú adoptaron identidades separadas.

      En términos de apoyo numérico y organización, ha sido el partido nacional más importante de India desde la independencia. Su dominio en el parlamento fue utilizado por el gobierno de Indira Ghandi para legitimar la suspensión de habeas corpus, imponer la censura, y las acciones contra los partidos de oposición ejecutadas por el gobierno después de declarar el Estado de Emergencia en 1975. De ahí el partido formó las bases de la dictadura constitucional de la Sra. Ghandi.

       Se llama Movimiento de Derechos Civiles (1) a la campaña para forzar la igualdad legal de los negros que garantiza la Constitución estadounidense. Floreció durante los 1959 y 1960, cuando las organizaciones principales de la Asociación Nacional para el Avance de los Pueblos de Color (fundada en 1910) y la Liga Nacional Urbana (fundada en 1911)

       Sus métodos incluían boicots y acciones en las cortes, respaldadas por (al principio no violentos) “sit-ins”, marchas y demostraciones. Estos esfuerzos culminaron en la Ley de Derechos Civiles de 1964, cuyo fracaso para crear mejorías trajo desde 1966 en adelante el abandono de la no violencia y el desarrollo de un más militante Poder Negro, organizaciones tipo Panteras Negras.

       Movimiento de derechos civiles es también (2) la campaña por obtener igualdad de status entre la minoría católica y la mayoría protestante en Irlanda del Norte, desde 1967 en adelante, que recibió apoyo encubierto de grupos de revolucionarios marxistas.

       Demostración (1), en lógica, es un inferencia que busca mostrar que su conclusión debe ser verdad. Comúnmente procede por reductio ad absurdum, en otras palabras asumiendo primero que la conclusión en cuestión es falsa y luego deduciendo una contradicción desde su suposición. Debe distinguirse de derivación (o, más simplemente, deducción) en que una conclusión es válidamente inferida desde algunas premisas, y que debe ser verdad si lo son, pero pueden no ser verdad, y que no han sido mostradas como ciertas, si no lo son.

       Demostración es también (2) cualquier acción pública por parte de un individuo o grupo de individuos diseñada para llamar la atención pública hacia sus intereses o hacia la causa a que su grupo se dedica. Empleada frecuentemente para intimidar o imponer respeto, por la fuerza de los manifestantes o la intensidad de sus emociones, contra aquellos hacia quienes se dirige la demostración; también puede ser dirigida a provocar brechas de orden público con la esperanza de que los responsables por mantener ese orden fracasen o usen métodos suficientemente violentos o brutales para alienar la opinión pública.

       La militante organización Panteras Negras predicó la violencia y la auto-protección armada de las comunidades negras después del asesinato de Martin Luther King, jr., a manos de sicarios blancos. El movimiento falló con el arresto o exilio de sus líderes principales, y su fuerza disminuyó como resultado de rivalidades internas y la política de “negligencia benigna” adoptada por el Presidente Nixon hacia el problema racial.

       El término Poder Negro fue utilizado por los activistas estadounidenses desde 1957 implicando el control negro sobre el Movimiento de los Derechos Civiles y el empleo de todos los recursos disponibles –incluyendo la organización de votantes negros y el uso de la fuerza cuando la fuerza era utilizada contra ellos- para adelantar los intereses de las comunidades negras. Por lo tanto estaba opuesto a los integracionistas y las viejas tendencias asimilacionistas anteriores.

       Acción Directa fue originalmente una idea anarquista que abogaba por acción radical fuera del marco constitucional y parlamentario. Se apoya fundamentalmente en el poder laboral e industrial (huelgas) para asegurar objetivos políticos. La idea fue adoptada por otros grupos que desarrollan métodos de acción directa congruente con su filosofía política. Ghandi expandió la idea de acción directa no violenta, como la célebre Marcha de Sal al Mar.

       Los que practican la acción directa no pueden siempre controlar sus consecuencias. Reconocen que hasta la más modesta forma de demostración, puede ser un reto a la ley impuesta y puede resultar en alguna forma de violencia. Las radicalizaciones más recientes la han hecho mover hacia formas más extremas de acción directa, más allá de la filosofía de la no violencia. Para algunos de sus adherentes era sólo una fase temporal, de la cual se regresaba a formas más convencionales; para otros se transformó en un camino hacia violentas formas de acción, tales como el terrorismo.

       Al Fatah es el nombre del ala terrorista clandestina y paramilitar de Palestina. Se ha comprometido en acciones de terrorismo, asesinato, secuestro de aeronaves, sabotaje de instalaciones; y fue responsable de la masacre de los atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de Munich en 1972.

       Los desarrollos por medios tecnológicos de destrucción en organización política, en el sistema internacional y en el análisis del tema han llevado a la clasificación de diferentes tipos de guerra. Guerra catalítica es conflicto entre dos Estados provocado deliberadamente por un tercero. Guerra fría es el uso de todo menos violencia militar. Guerra convencional es con armas sin uso de armas nucleares; éstas se usan en guerra nuclear o termonuclear. Guerra química usa químicos letales. Guerra biológica usa organismos vivos, como gérmenes virales. Guerra de guerrillas es conducción de fuerzas irregulares dentro de un Estado con el propósito de tumbarlo. Guerra limitada se mide por terreno, armas y objetivos perseguidos. Guerra psicológica implica el uso de propaganda para debilitar la moral de una población adversa o ejército, y para desacreditar motivos y disminuir la autoridad de un gobierno adversario.

       (Política de consenso es un término muy utilizado en Inglaterra alrededor de 1964 para expresar el concepto de gobierno -o de oposición- que buscaba atraer el máximo de apoyo por medio de políticas moderadas que no ofendieran seriamente a ningún interés importante. Apelaba al “terreno medio” de la política, representado por mentes liberales y jinetes de la pluma. En la práctica, era a menudo una amalgama de políticas económicas y de bienestar social diseñada, para agradar al mayor número posible de gente, con opiniones progresistas.)














martes, 16 de febrero de 2016

HACIA UNA OPOSICIÓN INTELIGENTE, PARA VARIAR

                            
                                                   -Alberto Rodríguez Barrera-
                                                             18/06/2015


     Como en una muy gran paleta digital, nos hallamos en la antesala de una política en la que nos va la vida social idónea, que señala y marcha –ineludiblemente- hacia un gobierno de verdadera renovación y concentración nacional. Lejos de un gabinete de escoltas, con sueños trasnochados, es hora de un gabinete de  expertos con un Programa Integral que evite el desastre en ciernes, concentrado en la reconstrucción del país. Hacia allá irá el respaldo de la colectividad nacional. 

                                 

     Al igual que los peces de un cardumen reaccionando en sincronía al ser atacados por algún solitario predador, no es cierto que una formación de aves en V esté bajo el mando de aquella que va en la punta, ni que las otras sólo sigan. El avance en formación ordenada –como las grandes marchas democráticas- es el resultado de una colección de procesadoras comportándose individualmente, siguiendo simples reglas armónicas sin conductor (Michael Resnick, 1994). Pídasele aplaudir a un auditorio y luego que lo haga al unísono –sin guiarlos- y obsérvese que en menos de dos segundos aplaudirá en un solo golpe. Esta prueba sorprende y comprueba cuán poco comprendemos o reconocemos la insurgencia de coherencia en la actividad de agentes funcionando con independencia. Pero aun así,  estamos ante la lección clave que nos presenta la nueva realidad política de Venezuela. Y aquí vale más afinar los sentidos para ver, oír y evitar otra colosal desilusión futura.

                                         

     Los agentes del futuro que se vienen aglutinando –ante la ceguera del Poder Ejecutivo- no deben repetirse como máquina omnisciente de personajes orwellianos. La concentración clama por una colección de proyectos con aplicaciones donde cada cual sea bueno en una cosa específica, y mucho mejor en comunicarse con otros.  Este es el Programa Integral del futuro, ya que estamos frente a “una sociedad de la mente” (Minsky, 1987) en la que se propone que la inteligencia (y la oposición) superior no se ubica en algún procesador central sino en el comportamiento colectivo de un altamente interconectado grupo de propósitos especiales, ajeno al empeño centralizador en boga,  donde ya no es posible seguir acondicionados tan fuertemente para atribuir fenómenos complejos a algún tipo de agente controlador. Menos cuando el tal agente controlador resulta de tan inmenso descontrol improvisador.

                                  

  Como desastrosa manera de administrar hasta un sistema de reservaciones aéreas, se ha comprobado hasta el hartazgo que cada comunicación o decisión no requiere regresar por permiso a la autoridad central. Gran conclusión del presente es que tal método se ha visto excesivamente como la forma viable de administrar organizaciones y gobiernos. Hoy más que nunca se hace patente esta tristeza.  Pero la verdad efectiva es que una estructura altamente descentralizada, en intercomunicación y ejecución, demuestra mucha más resistencia y capacidad de supervivencia, además de mayor sustentabilidad y posibilidad de evolucionar en el tiempo (Negroponte, 1995).  Ya es hora de tomar en serio las señales que ofrece nuestra evolución democrática. 

                                 

    Durante demasiado tiempo la descentralización se ha visto plausible como concepto, pero demorada en su implementación. Ha sido así porque las herramientas de descentralización fueron invocadas bajo gobiernos subdesarrollados que tratan siempre de atornillar su elite y su control centralizador. Se olvida, entre tantas cosas, que la realidad mediática de hoy –con Internet incluida- proporciona un canal de comunicación mundial que vuela por encima de los intentos de mordaza y censura, desparramándose ubicuamente ahí donde se insista en marginar la libertad de prensa. Es error del cavernícola limitarse a los desafueros de su cueva.

                                    

    No hay duda de que el futuro será descentralizado al igual que la información y las organizaciones, sean éstas políticas o de otra índole. Como hace cualquier gobernante moderno: se envían agentes a recabar data, proceso que se multiplica con agentes enviando a otros agentes, y delegándose los deseos objetivos de todos.  Es este importante modelo de futuro el que inclusive jugará un papel menor en comparación con la inteligencia colectiva, cuya voz –así y para su propio bien- accederá a pequeños micrófonos de máximo alcance. Más allá de niples y cultivos de  ambientes guerrilleros, las necesidades colectivas sentidas ya no son descartables.

                               

   El proceso de los agentes de nuestro futuro político va mucho más allá de Internet, donde hasta los hackers surfean libremente explorando enormes cuerpos de conocimiento y disfrutando de todo tipo de nuevas formas de socialización. Aunque parezca un comportamiento más de manipulación directa que de delegación, la descentralización es un fenómeno ampliamente diseminado que no decaerá ni desaparecerá, siempre y cuando se mantenga bien lejos del dinosáurico mesianismo improvisador y controlador. Estamos, una vez más, ante un nuevo tiempo. 

                            

     Como en una muy gran paleta digital, nos hallamos en la antesala de una política en la que nos va la vida social idónea, que señala y marcha –ineludiblemente- hacia un gobierno de verdadera renovación y concentración nacional. Lejos de un gabinete de escoltas, con sueños trasnochados, es hora de una oposición de expertos con un Programa Integral que evite el desastre en ciernes, concentrado en la reconstrucción del país. Hacia allá irá el respaldo de la colectividad nacional.   

SOBRE LA IZQUIERDA Y LA DERECHA



APUNTES SOBRE LA IZQUIERDA Y LA DERECHA


-Alberto Rodríguez Barrera-

     “La izquierda” es una etiqueta aplicada a una serie de puntos de vista políticos (como en radicalismo)  y a aquellos que los sostienen. Vino a ser debido a una extensión metafórica del plan o sistema para sentar a los estados generales franceses en 1789, donde la nobleza se sentaba a la derecha del rey y el “Tercer Estado” a su izquierda. La división de opinión cristalizó en los debates sobre el veto real, con los más revolucionarios diputados oponiéndose, los conservadores favoreciéndolo y los del “centro” proponiendo un compromiso.

     La percepción de la política como un continuo en que el cuerpo político está consistentemente dividido por actitudes hacia el cambio y el orden social terminó en una identificación de la izquierda (o ala izquierda) como los partidos del cambio y de “la derecha” (o ala derecha) como las fuerzas del status quo. La dicotomía izquierda-derecha era aquella de igualitarismo versus desigualdades, de reforma (o revolución) versus tradición, de radicalismo versus conservadurismo, de intervencionismo económico (una política de intervención del Estado en asuntos económicos) versus laissez faire, de internacionalismo versus patriotismo.

     Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial las actitudes políticas ya no cuadraron tan consistentemente en torno a la vieja división izquierda-derecha. Aunque los dos términos continuaron usándose, han pasado por una serie de cambios de significado; y algunas de las viejas tendencias contradictorias aparecieron con nuevas combinaciones. La izquierda ya no se podía definir más por su actitud hacia la igualdad y el cambio: las dos eran a veces divergentes. La derecha ya no era necesariamente un epitoma de conservadurismo y de la defensa del status quo; podía ser radical, o hasta revolucionaria como el nazismo. Ni era la izquierda necesariamente internacionalista; la emergencia de versiones nacionalistas del comunismo lo atestiguaban. Aun dentro de las divisiones internas de los partidos, no eran siempre mejor descritas en términos de izquierda y derecha. Los revisionistas polacos se consideraban a sí mismos a la izquierda de Gomulka, quien a su vez los denunciaba a ellos como una desviación derechista. Similarmente, los maoístas chinos denunciaron el “revisionismo” soviético como una traición del ala derecha al comunismo, mientras los comunistas soviéticos castigaban a los maoístas como “aventureros izquierdistas” y “nacionalistas pequeños burgueses”.

     El surgir de la “nueva izquierda” contribuyó aún más a la confusión y las giros de significados de los términos derecha e izquierda. La percepción de la política como un espectro se hizo más difícil, y aún más una definición de “la izquierda” en términos de actitudes tradicionales y consistentes. La etiqueta continúa siendo aplicada porque aún ayuda a describir divisiones persistentes, pero a veces contribuye más a la ofuscación de las realidades políticas que a la clarificación de las temáticas políticas.

   Por otra parte,  “La derecha” es una etiqueta aplicada a una serie de puntos de vistas políticos al otro extremo del espectro político de la izquierda, y a quienes sostienen tales puntos de vista. Originalmente, la derecha comprendía aquellos que defendían las instituciones  monárquicas atacadas por la Revolución Francesa. Durante el siglo 19 el término fue asociado con autoridad, patriotismo, tradición, gobiernos fuertes, propiedad, la Iglesia, y el Ejército. En Francia permaneció monarquista aún hasta después del establecimiento de la Tercera República, pero estaba en todas partes evolucionando de sus afinidades aristocráticas hacia la proyección de intereses capitalistas contra la amenaza del socialismo. Estaba opuesta ahora no sólo al igualitarismo. También al intervencionismo del Estado en la economía, que favorecieron fuertemente los “legitimistas” de ultra derecha franceses y Bismarck.

     Pero la nueva derecha estaba interesada no sólo con políticas económicas. Fue crecientemente influenciada por las actitudes e ideas del nacionalismo romántico. Después de la Primera Guerra Mundial una nueva derecha radical emergió, muy diferente a la derecha conservadora tradicional. Ya no estaba más preocupada simplemente con la defensa del orden establecido, sino que era a menudo hostil  hacia los intereses de las clases superiores; su forma más extrema era el nacionalismo socialista (nazismo) de Hitler. En línea con su mística de la Nación y del Estado, era hostil al laissez faire y estaba a favor de fuertes controles económicos para sus fines totalitarios y militaristas.

     Después de la Segunda Guerra Mundial los términos derecha e izquierda comenzaron a ser aplicados de manera aún más diferentes. Algunos de los valores tradicionales de la derecha chocaron y emergieron nuevas mezclas políticas que nuevamente trascendieron las divisiones previas de izquierda-derecha. Ahora los tradicionalistas abogaban por las políticas monetaristas de Milton Friedman y el anti-intervencionismo de F. A. Hayek era considerado como a la derecha de los conservadores que favorecían la aproximación keynesiana.

     En general, después de la Segunda Guerra Mundial, la etiqueta de ala derecha se hizo más un término de oprobio que la etiqueta de ala izquierda. Esto se aplicaba tanto en Occidente, donde los políticos conservadores lo evitaban, como en Oriente, donde los líderes comunistas la aborrecían. Pero las líneas de demarcación se hicieron crecientemente borrosas. En Occidente, la derecha nacionalista, desde de Gaulle hasta Enoch Powell, se combinaron con la izquierda radical contra la unificación europea. En Oriente, fueron los disidentes del “ala derecha”  los que estaban en contra del status quo en la Unión Soviética, y en China eran los radicales del “ala izquierda” quienes apoyaron la “revolución cultural” de Mao. Más y más etiquetas deben ser calificadas con referencias específicas si es que han de ayudar a la comprensión.

 

REVOLUCIÓN Y DICTADURA DEL PROLETARIADO



APUNTES  SOBRE  REVOLUCION  Y  DICTADURA  DEL  PROLETARIADO

-Alberto  Rodríguez  Barrera-


     En un principio, el término revolución (que quería decir rotación o giro) fue aplicado por Copérnico al movimiento de los cuerpos celestiales de su tratado De Revolutionibus Orbium Coelestium, y en el siglo 17, después de la revolución astronómica,  comenzó a ser aplicado metafóricamente a los levantamientos políticos y sociales.

     De ahí se ha desarrollado para significar cualquier cambio fundamental o completo en el modo de producción (revolución industrial, revolución tecnológica, etc.), en el sistema político y social (revolución francesa, revolución rusa, etc.) o en algún aspecto social, intelectual o cultural de la vida (revolución científica, revolución cultural, etc.).

     Pero es súbitos cambios radicales en la estructura política, social y económica de la sociedad lo que forma la materia de las teorías revolucionarias y de las teorías de revolución. Estas se refieren no sólo a meros cambios de gobernantes (“revoluciones de palacio”), sino a cambios de clases gobernantes, de métodos de gobierno, y de instituciones sociales, con las pasiones y acciones que llevan a esos cambios, y con sus consecuencias.

     Las teorías revolucionarias, como el marxismo o el leninismo, no sólo abogan por la revolución; también tratan de explicar cómo se suceden. La aproximación marxista clásica buscaba las “causas” de revolución en el desarrollo de “las fuerzas de producción” que, al chocar con “las condiciones de producción”, engendraban lucha de clase industrial hasta el punto de explosión. El leninismo trasladó el énfasis de las condiciones “objetivas” para las “subjetivas” de la revolución, acentuando el papel de la organización revolucionaria, el Partido.

     La mayoría de las teorías sociológicas contemporáneas se focalizan en la necesidad de modernización como causa-raíz de las revoluciones modernas; señalan hacia la confluencia de las aspiraciones de la “intelligentzia” avanzada y las miserias del “campesinado atrasado”.

     Sin embargo, las teorías de revolución que se concentran en subdesarrollo fallan al explicar la ausencia de desarrollos revolucionarios en algunos países atrasados y su presencia en los industriales. Por otra parte, la experiencia del siglo 20 indicó el abandono de la creencia de que las etapas del desarrollo social que llevan a la revolución se conforman de acuerdo a un sistema regular (predecible) de “leyes”.

      Tal creencia no sobrevive en “revoluciones del subdesarrollo” ni en las teorías que separan  “objetivo” y “subjetivo” como condiciones para una revolución, separación que va más allá del voluntarismo leninista, y que hace del viejo debate marxista –sobre relaciones entre revoluciones burguesa y socialista- algo obsoleto.

     Algunos analistas contemporáneos del fenómeno revolucionario van más allá de la relación entre revolución y desarrollo económico (Marx), subdesarrollo (Lenin) y “sobre-desarrollo” (la nueva izquierda), o hasta de la cuestión de modernización. Su visión de revolución trasciende causas puramente económicas y de determinismo sociológico. Enfatizan la recurrencia de motivos utópicos y milenarios en la historia, y buscan elementos milenaristas en movimientos seculares contemporáneos. En esta perspectiva,  la historia de la idea revolucionaria puede dar más luces sobre el fenómeno de revolución que lo que hacen las teorías revolucionarias existentes o las actuales teorías de revolución.

     El concepto marxista de dictadura del proletariado*, por otra parte,  se utilizó para definir el ejercicio del poder del Estado en el período entre revolución socialista y el establecimiento de una sociedad socialista. Su interpretación ha sido objeto de considerable controversia y ha tenido una evolución significativa. La idea se deriva de la minoritaria “dictadura revolucionaria” del socialista y revolucionario francés Auguste Blanqui, y fue adoptada por Marx para su propio esquema socio-histórico.

     Marx, sin embargo, nunca aclaró el papel de la élite** revolucionaria y la relación entre “dictadura del proletariado” y “gobierno de la clase trabajadora”. Tampoco explicó lo que quería decir con “dictadura”, que solía intercambiar con “gobierno”.

     Esta ambigüedad ha sido como un muro de contención entre sus seguidores reformistas y revolucionarios. Los primeros citan la opinión de Marx (Amsterdam, 1872) sobre que “los trabajadores podrían obtener sus fines por medios pacíficos” en países tales como EE UU, Inglaterra y Holanda. Los marxistas revolucionarios, sin embargo, se refieren a los escritos tempranos de Marx e insisten en la necesidad universal de una dictadura revolucionaria.

     Los intentos de aplicar la fórmula marxista en la práctica leninista llevaron a una erosión de su componente social y a agregarle un significado adicional al componente político. En efecto se hizo sinónimo con la dictadura del Partido Comunista. En teoría, de acuerdo con Engels, al tomar el poder “el proletariado se anula a sí mismo como clase”; en la práctica, el Partido gobierna en su nombre.

     Apartando esta ambigüedad, una dificultad adicional para los marxistas que usan la fórmula es el hecho que debía hacerse para calzar en el caso de los países económicamente atrasados como Rusia y China, donde el “proletariado” formaba una pequeña, y hasta insignificante, parte de la población. Tanto Lenin como Mao la desarrollaron para que sirviera a sus propios propósitos, como lo han hecho otros gobernantes comunistas.

     Hoy, de hecho, la dictadura del proletariado carece de cualquier significado sociológico específico. Su importancia es primariamente política, sirviendo como dogma ideológico para justificar el gobierno comunista. Los partidos comunistas han abandonado oficialmente el concepto, reteniendo la fórmula de hegemonía de la clase trabajadora.


*Proletariado: la palabra apareció por primera vez (del latín proletarius, de proles, progenie) en la constitución servia del siglo 6 antes de Cristo, en la cual se requerían servicio militar e impuestos de los terratenientes y otras clases. Los que no podían servir al Estado con su propiedad lo hacían con su prole; de ahí la idea de servicio por medio del trabajo. El término reapareció en los siglos 15 y 16 para designar hombres sin tierra que vivían vendiendo su poder laboral. Se asocia fundamentalmente con Marx. En su Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel (1843), habla del proletariado como una “clase en cadenas radicales” y termina con la peroración: “La filosofía no puede ser realizada sin la abolición del proletariado, el proletariado no puede abolirse a sí mismo sin realizar filosofía”. Y el Manifiesto Comunista (1848) comienza con la sonora declaración: “La historia de toda la sociedad humana, pasada y presente, ha sido la historia de lucha de clases. Hombre libre y esclavo,  patricio y plebeyo, señor y siervo… la era burguesa…ha simplificado los antagonismos de clase… la sociedad se divide en dos grandes clases hostiles…burguesía y proletariado”. El término aparece menos en Das Kapital (1867-94).

**Elite: nombre colectivo para quienes ocupan una posición de superioridad dentro de una sociedad o grupo por virtud de cualidades (reales, exigidas o presumidas) de excelencia o distinción. La historia del término debe mucho al uso dado por el economista y sociólogo italiano Vilfredo Pareto (1848-1923) y sus observaciones relacionadas con (1) la élite diferenciada de grupos no-élite dentro de un orden social y (2) las divisiones dentro de la élite, como élite gobernante y élite no gobernante. Mucho debate ha ocasionado lo concerniente a las funciones y apoyos sociales de las élites políticas, los tipos de esas élites como se encuentran en diferentes sociedades, su cohesión y su relación con clases gobernantes. La  frase élite de poder fue acuñada por el sociólogo norteamericano C. Wright Mills para aquellos que están a las cabezas de las mayores jerarquías institucionales de la sociedad moderna (las corporaciones, los militares y el Estado), y que, a través de intereses compartidos, se vuelven “un intrincado juegos de camarillas sobreimpuestas (compartiendo)  decisiones que al menos tienen consecuencias nacionales”. La teoría ha sido criticada por marxistas y liberales por su foco en élites en vez de clases, por predicar una teoría conspiradora del poder***, por  confundir arenas de acción con instituciones, entre otras cosas.

***Poder: es uno de los conceptos centrales de teoría política que los sociólogos han buscado definir diferenciándolo de autoridad y de fuerza. Poder es la habilidad de su poseedor para precisar sumisión u obediencia de otros individuos a su voluntad, sobre cualquier base. Pero, como destacó Rousseau en el Contrato Social (Libro 1, capítulo 3): “El hombre más fuerte nunca es lo suficientemente fuerte para ser siempre el amo a menos que transforme su poder en derecho y obediencia en deber”. La autoridad es un atributo de la organización social (una familia, una corporación, una universidad, un gobierno) en que el mando tiene inherencia en el reconocimiento de alguna competencia mayor alojada en la persona o en el cargo mismo. Las relaciones entre estados –en ausencia de un cuadro común de ley o consenso- son generalmente relaciones de poder. Las relaciones entre individuos o grupos, si regularizadas y sujetas a reglas, tradicionales o legales, tienden a ser relaciones de autoridad. La fuerza es una compulsión, a veces física (cuando se vuelve violencia), invocada por los esgrimidores de poder y autoridad. La fuerza puede ser utilizada en apoyo a la autoridad. Y la amenaza de la fuerza a menudo se ubica tras el uso del poder para imponer la voluntad del poseedor. Pero hay uso de poder sin fuerza (Ghandi). En la teoría social contemporánea, el componente importante en el ejercicio de la autoridad es la legitimidad, el justo gobierno o ejercicio del poder, basado en algún principio (consenso) conjuntamente aceptado entre el gobernante y los gobernados.