miércoles, 13 de julio de 2016

EL ARTE Y EL ESTILO Montherlant (2)



EL ARTE Y EL ESTILO
Montherlant (2)
-Alberto Rodríguez Barrera-


     Montherlant adopta una actitud dual hacia la literatura y el arte. La llamó el mayor de los placeres existentes, y hasta habló de sus escritos como una necesidad fisiológica. En "Les Lépreuses" dice un personaje: "Ponemos en nuestro arte lo que hemos sido incapaces de poner en nuestra vida." Esto en concordancia con su creencia de que la creación artística puede tomar forma de refugio de la vida o derrota de la vida. Tales concepciones del arte en general, y de la literatura en particular, generan menosprecio. El problema aquí tiene dos filos: a) ¿cuál debe ser la naturaleza de la relación entre el artista como artista y como individuo privado?; y b) ¿cuál es el balance correcto entre las demandas a menudo conflictivas del arte y de la vida?

    Sobre la primera pregunta Montherlant está claramente muy opuesto a cualquier actitud que signifique "utilizar" la experiencia sólo para fines literarios. El artista que hace esto, en su visión, es un tipo de monstruo viviente. También rechaza cualquier esteticismo del "arte por el arte mismo", y cuestiona a Flaubert por escribir: "Describirás vino, amor, mujeres, gloria siempre que, mi buen amigo, no seas borracho, amante, marido o soldado", aunque quizás falle en hacerle justicia a Flaubert sobre el elemento de distanciamiento necesario en toda actividad artística. Si nos encerramos en nuestros estudios, afirma Montherlant, ya no estamos tratando más con la vida sino con una imagen, un fantasma, de la vida. Al mismo tiempo, también se opone al extremo opuesto. Si lamenta la carencia de balance que obligó a confesar a Renan: "He trabajado demasiado y no he vivido suficiente", también desaprueba del erróneo énfasis que llevó a Georges de Porto-Riche a admitir: "He vivido demasiado y no he escrito suficiente." El ideal de Montherlant -y su respuesta para la segunda pregunta de arriba- es una vida intensa que se rellena con el máximo de vida "y" escribir las veinticuatro horas del día. Es un ideal que él mismo cumplió en grado considerable.

    Ahora puede surgir otra pregunta:¿cuál es la más general y objetiva relación entre el arte y la vida? Aquí el omnipresente y agudo sentido de conflicto y contradicción de Montherlant vuelve al proscenio. Enfatiza el desorden y la falta de "construcción" en la vida. La vida es desaliñada, inesperada, un complejo de opuestos desesperantes. El arte, por otra parte, es organizado, ordenado. Presenta una cuenta de la experiencia estéticamente estructurada. Este hecho tiene dos resultados muy diferentes. Cuantitativamente, significa que el arte falla en hacerle justicia a toda la detallada diversidad de la vida, produciendo algo que es menos que la vida. Pero cualitativamente, por la elección y concentración que requiere, el arte también puede reproducir la fibra interior de la experiencia humana. Puede, en alguna medida, refinar la crudeza del desorden de la vida. Montherlant escribe: "… el arte es la quintaesencia de la vida, purgando su basura y presentándola en forma purificada." Permanece el hecho, sin embargo, de que el todo viviente nunca puede ser totalmente cubierto por el arte. Sólo el uso de varias técnicas y estrategias le permiten al artista dar la impresión de que él está genuinamente reproduciendo experiencia. Este es el sentido del comentario de Montherlant de que "es sólo por medio de la trampa que el arte inmoviliza (a la vida)."

    Este sentido general de un conflicto inherente entre el arte y la vida colorea la visión del artista de Montherlant, y del escritor en particular. Debido a sus elementos de elección, reducción, estructura, el arte es, en un sentido artificial, no natural, hasta una actividad monstruosa. El escritor, a su vez, es un hombre de artificio y un monstruo. Es, por definición, un tipo de mentiroso sofisticado. También es un vampiro violando los seres interiores de aquellos que conoce y observa, chupándoles la sangre de sus vidas para usarlas en su arte. El escritor es también inmoral por servicio a su profesión. Será atraído (como lo fue Flaubert) por el sufrimiento, por la maldad, por lo que es despreciable y repugnante en tanto que estas cosas contengan potencialidades estéticas y lo provean de "material". El don de la empatía, esencial para una creación literaria exitosa, alienta al escritor para identificarse a sí mismo por turnos con el santo y el criminal, el comunista y el fascista, aquellos personajes en su obra que él mismo admira y que también detesta. Inevitablemente, dice Montherlant, esta experiencia tiende a debilitar la convicción moral. Con seguridad, la moralidad del escritor como escritor coincide sólo rara vez con los requerimientos de la moral pública. Este es un dilema discutido por Balzac, entre otros; la dificultad de llegar a un balance entre las demandas morales de su talento artístico y aquellas de su personaje como un ser humano ordinario.

   El artista es así en alguna medida un solitario, inevitablemente involucrado en la vida pero tendiendo continuamente a colocarse a sí mismo fuera de ella. Hasta este punto hay una propensión natural en el verdadero artista para alejarse de lo inmediato y volverse hacia lo infinito. En tanto que la palabra signifique algo, todos los grandes artistas ofrecen evidencia de un elemento "clásico" en su obra. Montherlant dice de su propia obra:

    "Una cosa que me impacta en mi presente y futura producción literaria es lo no temática que es y será. Son las características generales y eternas del hombre lo que me interesa."

    La función y posición del artista lo hace un egoísta así como un solitario. En "Les Jeunes Filles" Montherlant hace a Costals decir que si él no fuera un egoísta no sería un artista. Hablando en su nombre en "Carnets", argumenta que el escritor no puede permitirse el lujo del altruismo y no puede involucrarse privadamente en ninguna emoción, ni siquiera en el amor, que intente utilizar en la creación de una obra de arte. El escritor ofrece más que el hombre, y el egoísmo sigue inevitablemente. El egoísmo se vuelve inevitable porque cualquier artista debe creer en la suprema y solapadora importancia de su arte. Con Montherlant hay poca evidencia de esa indecisión o carencia de confianza en lo que está haciendo y que pareciera molestar a los más meditabundos poetas y novelistas contemporáneos. Tiene una aproximación romántica y quizás "a la antigua" para la identidad mal definida que él llama arte, aún si a veces afirma considerarla como bastante secundaria para la vida privada. Es una parte mayor de la "dignidad" del escritor que debe creer en la importancia de sus escritos y que debe escribir "al menos como si lo que estamos escribiendo está destinado a permanecer". Debido a esta posibilidad de inmortalidad, Montherlant afirma que no puede ser el destino de cualquier artista en términos trágicos.

    Aún parece haber algún conflicto en el hecho de que Montherlant hace tan arrolladoras afirmaciones para el arte, permitiéndole, y hasta respetándole, la distorsión de moral personal, y aún insistiendo en otros momentos que cuando debe hacerse una elección él sigue las exigencias de su vida personal en vez de los requerimientos de sus escritos. Montherlant no supera realmente el elemento de contradicción presente en estas dos actitudes. Pareciera acercarse más a construir un puente entre ellas a través del fuerte y autobiográfico elemento presente en tanto de su obra. Montherlant se opuso correctamente a cualquier tendencia ingenua para identificarlo directamente con sus principales personajes de ficción. Una comparación entre sus ensayos, sus novelas y sus obras de teatro muestran una muy cercana identidad de actitudes e ideas. Sin duda el elemento personal es fuerte en sus escritos imaginativos y avanza mucho para reconciliar las separadas existencias de arte y vida. No sólo ha escrito sino también vivido su fruto literario. Esta es la razón por la cual tuvo tan pobre opinión del arte puramente imaginativo. Consistente con esta oposición y la implícita aprobación del escribir "personal", Montherlant pareciera aceptar responsabilidad como escritor sólo para sí mismo.

   Hay lectores que asumen muy dispuestamente que un libro es un "regalo" del escritor para ellos, su tributo para un público admirador. Montherlant admite que algunos escritores entran en esta categoría pero para otros, él incluido, sus escritos son algo que simplemente derrama, como quitarse la ropa ante una ola de calor. Su acción es precipitada por un deseo de su propia conveniencia y no surge de un impulso para darle su ropa a los meritorios pobres. Escribe:

    "Para ciertos escritores una obra de arte es una necesidad, una función de su temperamento creativo, y se asemeja más al 'regalo' que un árbol hace de su fruto que a cualquier regalo que viene, hasta inconcientemente, desde su corazón".

    De tal manera considera Montherlant su escritura como una necesidad. La describe como un "sedativo fisiológico" análogo al coito, y enfatiza el importante papel que jugó el escribir en rescatarlo de la crisis que tuvo a finales de los 1920.

    Su indiferencia hacia la opinión de sus lectores acompaña a su visión del arte; insiste en que el escritor no tiene responsabilidad con su público; el verdadero escritor escribe para llenar una necesidad privada, no para cumplir con una demanda pública; la lealtad hacia su propia naturaleza es también la única lealtad que vale tener para con los lectores, es la mayor marca de respeto que puede mostrarles. En realidad, la lealtad del escritor consigo mismo y la lealtad con los lectores son la misma cosa:

    "¿Qué significa la autolealtad para un escritor? Significa, por ejemplo, no tomar partido en cuestiones que él no ha estudiado, que él ha dejado a un lado por alguna razón casual o por el excelente fundamento de que no le interesan a su ser real; no dándose un aire confiado en sí mismo sobre materias con que se siente inseguro; no actuando como guía de otros en caminos que no conoce muy bien o con objetivos cuyo valor no tiene claros. ¿Y cuáles, por otra parte, son los deberes del público hacia el escritor? Los deberes del público hacia el escritor son los de reconocer su derecho a la ignorancia sobre materias que no afectan a su ser real; no forzarlo, en los libros, a ser el mismo que fue en el pasado, porque si él ya no se siente de esta manera será entonces un hombre de mentiras; no creer que se ha vuelto impotente porque se ha retirado hacia sí mismo o está disfrutando de la vida en vez de escribir; no pensar que está tratando de ser desagradable porque le da sorpresas; darle la libertad de mantener silencio cuando no sabe, y a veces también cuando sabe. En una palabra, permitirle seguir sus propios caminos privados, que son los únicos caminos correctos para él."

    Pero la teoría no siempre sigue en la práctica. Montherlant acompaña a muchos de sus libros con prefacios, notas explicatorias y apéndices, sugiriendo un interés mayor con su imagen pública, aunque advierte sobre tener "cuidado con las explicaciones de los escritores; un autor es siempre el engaño encarnado". Con los críticos literarios, Montherlant es más indulgente que muchos escritores:

    "Aquellos que son creativos en la literatura gustan de hablar de los críticos como parásitos de los creadores. Pero los escritores creativos, aunque sus obras son autojustificadoras, crecen y prosperan en renombre gracias a los estudios que los críticos les dedican. Debido a que estos estudios son prontamente olvidados, ¿no son hasta cierto punto los creadores parásitos de los críticos? En otras palabras, ¿puede uno describir como parásito al crítico que muere dejando nada detrás de él porque su sustancia se ha vuelto parte de la fama del escritor creativo?"

    Quizás lo más práctico de todos los comentarios de Montherlant sobre la relación autor-crítico –y el más inquietante para el crítico mismo- es su aseveración de que el crítico, cuando juzga al escritor, también se juzga a sí mismo.

     Los comentarios inteligentes y originales sobre el arte no garantizan obviamente originalidad artística. Aunque algunos de los más esforzados pioneros no han sido grandes escritores, es igualmente verdad que muchos de los escritores más impresionantes no han estado inclinados a teorizar sobre su propia obra o sobre la literatura en general. Aquí, como en tantos otros aspectos, Montherlant no cabe en estas categorías. Mucho de lo que dijo en cuanto a teoría había sido dicho antes (él mismo no reclama originalidad) y mucho está fuera de armonía con la estética contemporánea. Pero si sus teorías sobre escribir son más extensas que inusuales, su logro literario no puede ser fácilmente negado. Uno no puede dejar de impresionarse por el hecho de que muchos escritores –de muy diferentes visiones morales y artísticas- alabaron sus talentos, hablando de su genio como escritor. Montherlant, aunque permaneció resolutamente ajeno a los movimientos literarios y las camarillas, ha sido mucho más dispuestamente admirado por sus compañeros artistas que por críticos y periodistas. Quienes en Francia lo alabaron incluyen a Rolland, Gide, Camus, Aragon, Malraux… La admiración ha sido expresada, más particularmente, por su "estilo real", hasta por los más inclinados a cuestionar sus ideas morales y sociales. Quizás ello indica que Montherlant es uno de los grandes estilistas. Es un artista cuyo sello personal está muy claramente estampado en toda su obra literaria. Por lo tanto, antes de tratar directamente con sus novelas y sus obras teatrales debemos decir algo respecto a este logro.

    El estilo de Montherlant es una parte orgánica –y también extensión natural- de las ideas que sostuvo y las actitudes que adoptó desde su adolescencia. El estilo y el hombre están cercanamente relacionados. Creía fuertemente que el sentimiento personal es el verdadero poder detrás de un estilo individual, la fuerza que lo moldea y sostiene. Si estilo es la última moralidad de la mente, la definición es particularmente apropiada para Montherlant. El nexo entre moralidad y estilo está presente en casi toda su obra.

    "Uno puede presionar demasiado la aproximación de 'hemos mezclado nuestra sangre'. Eso llevaría a sostener alocadamente que odio, destrucción y muerte, forjados entre dos naciones, se unen por medio de alguna u otra cosa de la que carecen y que no puede ser de ellas en la insípida experiencia de la paz. ¡Qué botín para las hecatombes! En este punto, yo por lo tanto renuncié a las aproximaciones poéticas hablándonos con una voz peligrosa. Me pareció que las concebía sólo para rechazarlas. Debemos siempre zambullirnos francamente en la emoción como en el agua. Pero después debemos salir nuevamente, darnos un riguroso masaje y seguir hacia otra cosa."

    El conflicto implicado aquí entre el sentimiento por la poesía y un sentido de la realidad, entre las tendencias líricas y analíticas de su propia naturaleza, fue siempre una realidad para Montherlant. El resultado es que a menudo se preocupó, como escritor, por purgar su estilo de excesos líricos por los intereses de integridad de pensamiento y materias. Su visión, expresada tan temprano como 1926 en "Les Bestiares", es que la maestría en cualquier arte es señalada por la apariencia de simplicidad. En Montherlant el estilo, su prominente don literario, impresiona mucho más que su sentimiento por la forma literaria y hasta su capacidad para un detallado análisis psicológico. Esto se debe en parte a que es moralista y poeta; el don de observación atenta y el don de imágenes "son dos dones fundamentales del arte de escribir". Su precisión estilística se ve más claramente en su tendencia a expresarse en máximas, tradición moralista presente en Montaigne, Pascal, Balzac, Renan, Gide; diferente a las máximas de La Rochefoucauld y Chamfor. Con este don Montherlant logra a menudo efectos impactantes de diálogo en sus obras de teatro. Asociada con esta característica de estilo está la tendencia de Montherlant, particularmente en las novelas, de intervenir y comentar en su propio nombre, cosa que irrita a algunos por considerarlas "intrusiones", "disgregaciones" o "irrelevancias", pero que son parte integral de la textura de su ficción, como en Stendhal y Gide.

    Como moralista en el sentido de observador cercano de los seres humanos en toda su diversidad y complejidad, su imaginación poética se mueve con el mito y el símbolo trabajados para capturar y transmitir aspectos de la verdad que concibe; el ojo observador del poeta, la respuesta a la belleza del poeta, la imaginación del poeta, el sentimiento por las palabras del poeta; su poesía verbal es liberada por la intensidad poética de la emoción, que se encuentra en ensayos, novelas y obras de teatro; cualidad poética en la tradición de Rousseaux, Chateaubriand, Michelet, Barrés. A Montherlant se le llamó "Príncipe" y "Rey" de las imágenes. Pese a todo ello, Montherlant tenía reservas o cierta desconfianza en las metáforas, particularmente las de pretensiones filosóficas: "las metáforas deben permanecer como metáforas y no usurpar el papel de los argumentos".

    Para darnos una idea de su combinación de observación aguda y la extensión poética de su prosa, aunque sea brevemente, en "Les Bestiaires" hace una descripción de los toros del Duque de Cuesta destinados a las corridas:

    "Había alrededor de cien toros y vacas de dos años. La mayoría de ellos eran negros, algunos pocos eran de color arenoso, algunos otros moteados en blanco y negro. Todos mostraban las características de la ganadería Cuesta; sus cuernos continuaban exactamente la línea de sus espaldas, con el resultado de que sus cabezas parecían encapuchadas y les daban una intrépida apariencia que los marcaban como pertenecientes al duque. Uno podía distinguir inmediatamente a los toros de las vacas por la perversidad de sus ojos. Varios de los que habían estado echados se levantaron a medida que los jinetes se aproximaban. Dos estaban parados muy juntos, a cierta distancia, como unidos por una amistad artificial. Todos miraban con fijeza, inmóviles, a los que llegaban, con los costados levantándose en el calor. El sol brillaba sobre sus espaldas alomadas, sobre sus cuernos, sobre sus orejas (dándoles un halo rojizo sobre un lado), sobre las ventanas húmedas de sus narices, sobre la baba adhiriéndose a sus hocicos. Un muy suave mugir, quejumbroso y algo agudo, se elevaba desde todo el rebaño, rompiéndose su unidad sólo por algunos llamados aislados y ásperos, como las aves volando a través de la noche. Los masivos toros estaban rodeados por cuatro ganaderos a caballo. Otros, a pie, se inclinaban sobre sus largas estacas, descansando sus barbillas sobre sus manos, en la pose clásica de los héroes de barba púrpura pintados de negro en ciertos jarrones. Todos ellos, hombres y bestias, tenían la inmovilidad de aquellos que viven en la intimidad con la eternidad."

Noviembre, 2006

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