martes, 30 de agosto de 2016

CONTRA LA COLECTIVIDAD BORREGA DEL CHAVISMO



La violencia, por sí misma, no tiene carácter revolucionario o contrarrevolucionario; sirve más para reprimir y oprimir que para liberar. Fascismo, nazismo y stalinismo son triunfos de la violencia represiva sobre la violencia insurreccional; el poder establecido tiende a quebrantar la legalidad para desembarazarse de sus adversarios y obtener beneficios. Creer que basta con emplear la violencia, no importa cómo, para que avance la “revolución”, es igual a creer que basta con aplicar el bisturí al azar para obtener una curación milagrosa.

CONTRA LA COLECTIVIDAD BORREGA DEL CHAVISMO 
-Alberto Rodríguez Barrera-

“Otra vez debemos considerar no sólo los males de los cuales los ciudadanos serán salvados, 
sino también las ventajas que perderán.” 
Aristóteles

     La economía estatista –por la que ahora se esfuerza el chavismo- siempre está a la espera del socialismo porque cierra el camino e impide la evolución de la democracia política. El socialismo, en teoría al menos, teme a las modificaciones que incrementen los derechos del trabajo y reducen las arbitrariedades del capital. La historia del movimiento social, en la Europa y Estados Unidos del siglo 19, muestra una tendencia a la socialización en la sociedad liberal. El sindicalismo más antiguo es el inglés; los organismos modernos de defensa y conquista de los derechos obreros fueron concedidos y se constituyeron en donde primero apareció el liberalismo político; existe un vínculo entre la revolución electoral (1832) y la fundación del primer sindicato obrero de la historia (1833); la constitución del Partido Laborista le debe mucho al sindicalismo. El sindicalismo inglés no consideró contrarrevolucionario suscitar una formación política para ingresar a las instituciones parlamentarias; las mayores conquistas sociales fueron realizadas ahí, más a fondo y más temprano que en otras naciones. Este solo hecho bastaría para indicar que las libertades políticas son una palanca en la lucha por la igualdad económica. 

     La evolución de las sociedades liberales –entre 1815 y 1970-, con los altibajos que se quieran, condujo a una erosión de las desigualdades reales y a un fortalecimiento de los derechos del trabajo. Que la democracia política influye en la democracia económica es algo tan universalmente verificado que los fascismos no tienen otra función que suprimir la primera para prevenir la segunda. Se sabe que la estrategia social de los regímenes fascistas consiste en utilizar la demagogia obrera esgrimiendo el paternalismo y el populismo contra la “corrupción” burguesa, y en revocar los principales derechos de reunión, asociación, huelga, petición, voto. Inclusive hoy, en el chavismo, los trabajadores no cometen el error de asimilar la dictadura y dejan esas galanterías a los “visionarios” que gustan de una buena cuenta bancaria en el exterior.

     Una segunda revolución mundial, que podría realizarse en el siglo 21, tendría que utilizar los contornos de la primera: instaurar la igualdad económica y social en y por medio de la libertad cultural y personal –o recíprocamente- y garantizar la seguridad por la asociación de todos a la dirección política. Este es el menú objetivo y la base indispensable: para llegar al cerebro, hay que disponer antes de la célula nerviosa. Y el chavismo no entiende de eso.

     Todo ello comporta, esencialmente, la participación de la inteligencia colectiva en la dirección (o subversión) de la sociedad. El secreto de este “despegue” es permitir la creatividad de un número cada vez mayor de individuos para que se abran caminos hacia el Estado y hallar el punto de inserción en el proceso general de dirección, de control, de modificación. Las sociedades oligárquicas –como el chavismo- se agostan y patalean porque, estadísticamente, hay menos posibilidades de que las ideas surjan de cuatro o cinco individuos que en millones. No poder criticar una decisión política o económica nefasta, sin ir a la cárcel, es un ataque intolerable a las libertades del individuo, y mantener enterrada –sin discutirlas ni experimentarlas- las soluciones positivas. La “revolución” del chavismo consiste en también socializar la imaginación, porque no concibe la libertad como productividad revolucionaria. 

     De la misma manera en que paraliza la productividad, el chavismo confisca la información, cosa incompatible con cualquier revolución que se respete; sin la productividad de la inteligencia productiva no hay soluciones nuevas. Y si concebimos la libertad de manera abstracta e irrealista, terminamos concibiendo de manera abstracta e irrealista el papel de la violencia. Cuando se pregunta si la violencia es inseparable de la revolución, el error más frecuente es confundir el medio con el fin. Por diversos medios se llega a fines análogos, dijeron Maquiavelo y Montaigne.

     La violencia, por sí misma, no tiene carácter revolucionario o contrarrevolucionario; sirve más para reprimir y oprimir que para liberar. Fascismo, nazismo y stalinismo son triunfos de la violencia represiva sobre la violencia insurreccional; el poder establecido tiende a quebrantar la legalidad para desembarazarse de sus adversarios y obtener beneficios. Creer que basta con emplear la violencia, no importa cómo, para que avance la “revolución”, es igual a creer que basta con aplicar el bisturí al azar para obtener una curación milagrosa. Además, hay varios tipos de violencia. Este escrito podría ser violencia, no necesariamente ilegal. 

     Es más: cuanto más legalidad hay en un país, más sutil debe ser la violencia, más debe apuntar a blancos bien elegidos y articulaciones reales. Y más eficaz será cuando se combina con las leyes, porque logra un máximo de ventajas presentando el flanco al mínimo de medidas represivas: Martin Luther King. Existe una aparente no violencia que es más violenta que las brutalidades del chavismo; la violencia política no se reduce al puñetazo o el disparo; hay insurrecciones con un determinado número de trampolines legales...

     Estas estrategias son preferibles a la tragedia, pero es necesario que el dirigente no sea actor de teatro sino un intérprete personal de la colectividad que representa, más preocupado de sus intereses que de sí mismo. Martin Luther King, con su prevención al culto de la personalidad y su repugnancia por el autoritarismo, tuvo una vida política sin hacer carrera política.

La violencia en ciernes del chavismo puede y debe ser detenida. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario